Si
nos
limitásemos
a
incidir
en
el
mito
de
las
bodegas
convertidas
en
fuentes,
podríamos
caer
en
el
error
de
dar
a
entender
que
las
Fuentes
de
Tejares
aparecieron
cuasi
por
casualidad
y
que
son
un
bien
patrimonial
con
escaso
recorrido
histórico
y
cierto
carácter de modernidad. Y nada más lejos de la realidad.
Nuestros
antepasados
de
Tejares
descubrieron
bien
pronto
que,
en
determinados
puntos
de
su
periferia,
el
nivel
freático
-es
decir,
la
capa
superior
del
agua
acumulado
en
el
subsuelo-
se
encontraba
a
muy
poca
profundidad
y,
aunque
el
agua
no
manaba
al
exterior
en
ningún
punto
por
sí
misma
-condición
para
considerarlo
manantial-,
una
no
muy
costosa
excavación
era
suficiente
para
hacerla
aparecer.
Este
sería
seguramente
el
fundamento
de
la
existencia
desde
hace
siglos
de
una
población
estable
en
medio
de
tal
secarral,
así
como
de
esa
singularidad
de
estar
a
caballo
entre
lo
que
podríamos
denominar
fuente
y
lo
que
se
considera
como
pozo,
que
constituye
sin
duda
la
razón
de
la
excepcionalidad y extraordinariedad de nuestras fuentes en toda la provincia.
Sabemos
que
las
Fuentes
de
Tejares
cuentan
al
menos
con
dos
siglos
de
antigüedad
y
no
sería
descabellado
pensar
que
tienen
un
origen
medieval,
aunque
no
lo
podemos
confirmar.
Lo
cierto
es
que
en
el
“Diccionario
Geográfico
Estadístico
Histórico
de
España
y
sus
posesiones
de
Ultramar”,
de
Pascual
Madoz
(obra
publicada
en
Madrid,
entre
1845-
1850),
en
la
entrada
correspondiente
a
Tejares,
se
especifica
literalmente
que
“los
vecinos
se
surten
de
aguas
para
sus
usos
de
las
tres
fuentes
que
se
encuentran
a
250
pasos
de
la
población”.
Luego,
las
Fuentes
de
Tejares
ya
existían
en
el
siglo
XIX
y
eran
el
principal
recurso
para saciar la sed de sus habitantes.
A
lo
largo
de
los
tres
primeros
tercios
del
siglo
XX,
hasta
donde
pueden
atestiguar
los
actuales
habitantes
de
mayor
edad,
la
escasez
de
agua
en
Tejares
fue
la
tónica
generalizada
(«Tejares
era
un
pueblo
que
no
tenía
agua»),
que
se
debió
de
acentuar
en
los
años
50
y
60,
décadas
en
las
que
se
produjo
el
mayor
aumento
histórico
poblacional
de
Tejares
(en
torno
a
los
150
habitantes).
La
necesidad
de
más
recursos
hídricos
para
saciar
la
sed
de
la
creciente
población
motivaría
la
construcción
de
más
fuentes,
un
pozo
de
carácter
comunitario
para
sumar
a
las
dos
fuentes
ya
existentes
-a
las
que
nos
referiremos
como
«fuentes
antiguas
públicas»-,
pero
sobre
todo
varias
de
iniciativa
particular
y
privativa
-lo
que
conllevaría
el
cerramiento
de
las
mismas
y,
por
ende,
a
su
apariencia
de
bodegas-.
Es
difícil
averiguar
en
cada
caso
si
la
construcción
se
inició
con
la
intención
de
ser
bodega
y
acabo
además
en
fuente
o,
si
después
de
encontrar
agua,
se
decidió
también
convertirla
en
bodega,
matando
dos
pájaros
de
un
tiro.
Pero
llama
la
atención
que
se
plantearan
hacer
bodegas
para
el
vino
en
una
zona
que
sabían
de
antemano
que
manaba
agua
y
disponiendo
ya
prácticamente
todas
las
familias
de
bodegas
-que
era
necesario
visitar
de
forma
regular
varias
veces
al
día-
en
sus
propias
casas o en sus inmediaciones.
Durante
esos
largos
años
de
escasez
en
los
que
las
Fuentes
surtían
de
agua
para
beber,
hay
que
destacar
la
función
de
los
Charcos
de
Tejares
(de
los
que
hablaremos
en
su
momento),
que
servían
para
satisfacer
las
necesidades
de
los
animales
(fundamentalmente
los
burros
y
yuntas
para
las
labores
agrícolas,
así
como
algunos
animales
domésticos
criados
en
la
mayoría
de
los
casos
para
el
consumo
propio
-
marranos,
pollos,
conejos,
…-).
Y
habría
que
mencionar
también
la
gran
contribución
de
los
pozos,
que,
en
su
mayoría,
como
recogedores
de
agua
de
lluvia
y
no
como
prospecciones
para
encontrar
agua,
estaban
presentes
en
prácticamente
la
totalidad
de
los
corrales
de
las
casas
o
en
sus
afueras.
El
agua
de
los
pozos
se
usaba
principalmente
para la higiene diaria y para algunas actividades del hogar.
No
obstante,
en
algunos
periodos
del
año,
las
fuentes
dejaban
de
manar
o
lo
hacían
mínimamente,
normalmente
en
el
estío.
De
la
misma
manera,
los
pozos,
coincidiendo
también
con
las
estaciones
más
secas,
se
agotaban,
por
lo
que
era
necesario
recurrir
a
otras
formas
de
abastecimiento,
que
habitualmente
consistían
en
acudir
con
los
burros
hasta
la
Fuente
de
El
Soto,
de
la
localidad
vecina
de
Fuentesoto.
Esta
fuente,
contaba
mi
abuelo
Pablo,
no
había
dejado
nunca
de
manar,
salvo
cuando
ocurrió
el
terremoto
de
Lisboa
-de
gran
intensidad,
el
1
de
noviembre
de
1755,
a
las
9:45
horas-;
ese
día
estuvo
justo un minuto sin echar agua y después, durante un tiempo, manó agua negra.
Y,
efectivamente,
en
el
Archivo
Histórico
Nacional
se
conserva
documentación
de
una
encuesta
sobre
los
efectos
de
dicho
terremoto
en
las
localidades
españolas,
que
el
rey
Fernando
VI
ordenó
llevar
a
cabo
al
Gobernador
del
Supremo
Consejo
de
Castilla.
Este
documento
recoge
textualmente:
«En
Fuentesoto
una
fuente
muy
perenne,
y
de
mucho
caudal,
cesó
de
manar
por
un
minuto,
y
pasado,
continuó
como
antes,
saliendo
el
agua
negra».
Durante
muchos
años,
por
lo
tanto,
fueron
utensilios
sumamente
apreciados
y
muy
utilizados
todos
aquellos
relacionados
con
el
acopio
y
transporte
de
agua:
cántaros,
cantareras,
carretilla
con
cantarera,
aguaderas,
e
igualmente
los
necesarios
para
extraer
el agua de los pozos familiares: cubos, poleas, sogas y brocales.
La Fuente de El Soto en la actualidad, en la Calle La Fuente, a la entrada de la localidad de Fuentesoto