Mis abuelos, Lucía y Pablo, posando con mi hijo Millán, delante del pozo familiar que tenían en el corral (1993) Típicos cubos de zinc que se utilizaban para sacar agua del pozo y que ahora, ya muy deteriorados, tenemos en el corral/patio/jardín para otros usos. Como anécdota, recuerdo que mi abuela y mi madre defendían que el agua del pozo, por sus propiedades, era lo mejorcito que había para la higiene personal. Y, efectivamente, se ha demostrado que este tipo de agua procedente de la lluvia (los pozos de mis abuelos recogían sólo agua de los canalones del tejado) es prácticamente agua destilada, exenta de contaminantes y muy baja en minerales, lo que ayuda a mantener la humedad natural de la piel y el cabello, favoreciendo un crecimiento más saludable del pelo y un mantenimiento ideal de la piel.  Recuerdo también como una gran hazaña, vista con mis ojos de niño, los descensos en cubo-soga que hacía mi primo Javier en los veranos -cuando el pozo estaba ya casi seco- para limpiar su fondo, una vez que mis tíos, Patricio y Blas, duplicaban cuerdas y reforzaban con un machón la resistencia del travesaño de la polea. Mi tío Patricio cuenta cómo, en los veranos, utilizaban las cubas del vino para llenarlas de agua en Fuentesoto y reponer el mermado pozo de casa.   Finalmente, también recuerdo cómo mi abuela me enseñó el movimiento característico que había que hacer para llenar rápido el cubo de agua, una vez que llegaba a su superficie y también me aleccionó para no jugar nunca con el agua ni derrocharla, ya que la consideraba un elemento de gran valor. El pozo Polea  roldana,  también llamada  garrucha Arriba, a la izquierda, el pozo de mis abuelos Justa y Cipriano, y el palanganero con su palangana -que había en todas las casas antes de la instalación de la red de abastecimiento de agua-, ahora utilizados como bellas piezas decorativas y de un gran valor etnográfico. A la derecha, el pozo de la que fuera la casa de la señora Nicolasa, en la actualidad. La pila también era una pieza fundamental en todas las casas, unida generalmente al pozo, ya que su agua se utilizaba para fregar y lavar. Pila de mis abuelos Lucía y Pablo.
Si nos limitásemos a incidir en el mito de las bodegas convertidas en fuentes, podríamos caer en el error de dar a entender que las Fuentes de Tejares aparecieron cuasi por casualidad y que son un bien patrimonial con escaso recorrido histórico y cierto carácter de modernidad. Y nada más lejos de la realidad. Nuestros antepasados de Tejares descubrieron bien pronto que, en determinados puntos de su periferia, el nivel freático -es decir, la capa superior del agua acumulado en el subsuelo- se encontraba a muy poca profundidad y, aunque el agua no manaba al exterior en ningún punto por sí misma -condición para considerarlo manantial-, una no muy costosa excavación era suficiente para hacerla aparecer. Este sería seguramente el fundamento de la existencia desde hace siglos de una población estable en medio de tal secarral, así como de esa singularidad de estar a caballo entre lo que podríamos denominar fuente y lo que se considera como pozo, que constituye sin duda la razón de la excepcionalidad y extraordinariedad de nuestras fuentes en toda la provincia.
Sabemos que las Fuentes de Tejares cuentan al menos con dos siglos de antigüedad y no sería descabellado pensar que tienen un origen medieval, aunque no lo podemos confirmar. Lo cierto es que en el “Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España y sus posesiones de Ultramar”, de Pascual Madoz (obra publicada en Madrid, entre 1845- 1850), en la entrada correspondiente a Tejares, se especifica literalmente que “los vecinos se surten de aguas para sus usos de las tres fuentes que se encuentran a 250 pasos de la población”. Luego, las Fuentes de Tejares ya existían en el siglo XIX y eran el principal recurso para saciar la sed de sus habitantes. A lo largo de los tres primeros tercios del siglo XX, hasta donde pueden atestiguar los actuales habitantes de mayor edad, la escasez de agua en Tejares fue la tónica generalizada («Tejares era un pueblo que no tenía agua»), que se debió de acentuar en los años 50 y 60, décadas en las que se produjo el mayor aumento histórico poblacional de Tejares (en torno a los 150 habitantes). La necesidad de más recursos hídricos para saciar la sed de la creciente población motivaría la construcción de más fuentes, un pozo de carácter comunitario para sumar a las dos fuentes ya existentes -a las que nos referiremos como «fuentes antiguas públicas»-, pero sobre todo varias de iniciativa particular y privativa -lo que conllevaría el cerramiento de las mismas y, por ende, a su apariencia de bodegas-. Es difícil averiguar en cada caso si la construcción se inició con la intención de ser bodega y acabo además en fuente o, si después de encontrar agua, se decidió también convertirla en bodega, matando dos pájaros de un tiro. Pero llama la atención que se plantearan hacer bodegas para el vino en una zona que sabían de antemano que manaba agua y disponiendo ya prácticamente todas las familias de bodegas -que era necesario visitar de forma regular varias veces al día- en sus propias casas o en sus inmediaciones. Durante esos largos años de escasez en los que las Fuentes surtían de agua para beber, hay que destacar la función de los Charcos de Tejares (de los que hablaremos en su momento), que servían para satisfacer las necesidades de los animales (fundamentalmente los burros y yuntas para las labores agrícolas, así como algunos animales domésticos criados en la mayoría de los casos para el consumo propio - marranos, pollos, conejos, …-). Y habría que mencionar también la gran contribución de los pozos, que, en su mayoría, como recogedores de agua de lluvia y no como prospecciones para encontrar agua, estaban presentes en prácticamente la totalidad de los corrales de las casas o en sus afueras. El agua de los pozos se usaba principalmente para la higiene diaria y para algunas actividades del hogar. No obstante, en algunos periodos del año, las fuentes dejaban de manar o lo hacían mínimamente, normalmente en el estío. De la misma manera, los pozos, coincidiendo también con las estaciones más secas, se agotaban, por lo que era necesario recurrir a otras formas de abastecimiento, que habitualmente consistían en acudir con los burros hasta la Fuente de El Soto, de la localidad vecina de Fuentesoto. Esta fuente, contaba mi abuelo Pablo, no había dejado nunca de manar, salvo cuando ocurrió el terremoto de Lisboa -de gran intensidad, el 1 de noviembre de 1755, a las 9:45 horas-; ese día estuvo justo un minuto sin echar agua y después, durante un tiempo, manó agua negra. Y, efectivamente, en el Archivo Histórico Nacional se conserva documentación de una encuesta sobre los efectos de dicho terremoto en las localidades españolas, que el rey Fernando VI ordenó llevar a cabo al Gobernador del Supremo Consejo de Castilla. Este documento recoge textualmente: «En Fuentesoto una fuente muy perenne, y de mucho caudal, cesó de manar por un minuto, y pasado, continuó como antes, saliendo el agua negra».
Durante muchos años, por lo tanto, fueron utensilios sumamente apreciados y muy utilizados todos aquellos relacionados con el acopio y transporte de agua: cántaros, cantareras, carretilla con cantarera, aguaderas, e igualmente los necesarios para extraer el agua de los pozos familiares: cubos, poleas, sogas y brocales.
La Fuente de El Soto en la actualidad, en la Calle La Fuente, a la entrada de la localidad de Fuentesoto
Uno de los cántaros que usaban mis abuelos Lucía y Pablo para transportar el agua desde la fuente a su casa,  ahora en funciones decorativas. El burro, asno, jumento, borrico o pollino (Equus africanus asinus)​​ es un animal doméstico de la familia de los équidos, que en su día, por su docilidad, fue un apoyo fundamental para la gente de los pueblos, tanto en las labores del campo como en las tareas cotidianas de cada casa, utilizándose sobre todo como animales de tiro y carga para el transporte de leña, agua, piedras o pasto. Para ello se les acoplaban algunos elementos como albardas, serones, alforjas, … Aunque el burro tiene una antigüedad de más de 4000 años, hoy día, es un animal protegido, ya que está en claro peligro de extinción; a mediados del siglo XX había censados en España 675.000 burros, pero hoy sólo hay unos 30.000. El burro ha sido protagonista de numerosas historias, cuentos y fábulas, destacando por ser afable y cariñoso. Aunque a veces se le ha usado como sinónimo de «tonto», el burro es un animal muy inteligente. No obstante, a veces eran tercos -como una mula-, soltaban coces y tenían unos repentes difíciles de prever. Por cierto, no hay que confundir burro con mula, ya que ésta es un cruce entre burro y yegua.  Yo mismo sufrí uno de esos arrebatos de mal genio en primera persona. Dejó mi tía María el burro atado a la ventana, mientras entraba en casa a por el cubo de agua para darlo de beber, pero, por eso de que la chiquillada del pueblo en los veranos no dejaba de urdir travesuras, decidimos subirnos todos en él y recorrer el pueblo. Íbamos subidos en el burro, que yo recuerde, Taxita -nombre auténtico que recibió por nacer en el taxi que desplazaba a su madre a Segovia para darla a luz-, mi hermana Marisa, Julito y yo. Queríamos que el burro fuese a la derecha, pero él se empeñó en ir a la izquierda, porque estaba muerto de sed y quería beber en el charco, como era su costumbre. Tanta fue la insistencia por nuestra parte, que el burro se hartó, tiró de patas para arriba y nos lanzó a todos contra el suelo de la plaza, entonces de tierra, menos mal, pero con tan mala suerte que mi hermana se dio en las piedras que limitaban el juego de pelota y se hizo una buena brecha. Eso sí, nos reímos…, como en el chiste de Gila. Con razón don Emilio Soteras y su esposa Olvido Pascual, nuestros vecinos de la calle Marqués del Arco 18 -y más que vecinos amigos y más que amigos, verdadera familia de Segovia- nos decían que «siempre que íbamos al pueblo, volvíamos señalados».  Cuenta mi tío Patricio que un día iba mi tía María en ese mismo burro por el camino de Castro, cuando un avispero le atacó y salió despavorido por los picotazos que le pegaron; menos mal que apareció Lucio y logró apaciguarlo un poco, hasta que bajó María, que, de otra manera, no lo hubiese contado.  Que el burro te tirase de la montura debía de ser bastante habitual. De hecho, se cuentan numerosas anécdotas más, como la de otra María, la hermana de Cleofé y Felisa, que un día la tiró el burro y rompió la botija que llevaba, por lo que desde entonces en el pueblo se referían a ella cariñosamente como «la Tía Botija».  Otra anécdota que relataba mi padre, Alfredo, en sus «Memorias de Tejares, mi Pueblo» -lamentablemente inacabadas por su inoportuna y limitante enfermedad-, tenía como protagonista al burro de mis abuelos paternos, Justa y Cipriano, al que llamaban Fernandito. Era un burro «de metro y medio», con tan baja estatura, que se subía con su hermano Gonzalo e iban los dos tocando con la punta de los pies en los surcos de las tierras que atravesaban, haciendo ellos como que andaban acompañando la marcha del burro.   En aquella época -hablamos de las dos o tres décadas posteriores a la Guerra Civil Española-, era muy habitual que la gente del pueblo -sobre todo los más jóvenes-, acudieran a diario al «empalme de Tejares», lugar de parada en el pueblo, a las siete de la tarde, de los autobuses de Aranda-Segovia. Normalmente, los autobuses eran de la empresa Gutiérrez, pero también en esa época paraba la Sepúlvedana, haciendo la ruta Segovia-Peñafiel, así como los de Atilano, que iban desde Cantalejo a Aranda. Los jóvenes se sentaban en los poyos o poyetes que había en los alrededores de la Posada de Bernardo Bravo. Qué pena que gran parte de esos poyetes o bancos de piedra u otros materiales que se ponían arrimados a las paredes de las puertas de las casas hayan desaparecido y, en algunos casos, se los haya sustituido por impropios bancos modernos. Allí sentados esperaban a que inopinadamente bajara algún viajero, pero sobre todo a que el señor «Vitoriano» -el cartero de Tejares y una bellísima persona, con el que teníamos agradable trato por ser gran amigo de nuestro abuelo Cipriano- recibiera el carterón de Correos con la correspondencia, para que después les dejara acompañarle por el pueblo a repartirla. Las inmediaciones de la Posada de Bernardo Bravo, además de ser el lugar en el que paraba el coche de línea y la que se llenaba de tratantes de ganado que iban desde Cantalejo a las ferias de Aranda -haciendo noche a mitad de camino-, se convertía así también en el centro neurálgico y de reunión de Tejares, un punto clave para la convivencia y la algarabía de los chicos y mozos del pueblo en años llenos de penuria y escasez.   Pues bien, según contaba mi padre, su hermano Gonzalo y él se bajaban allí con el burro Fernandito y amenizaban la estancia en la parada a todos los viajeros. Alfredo tarareaba una canción acompañado por la guitarra, mientras Gonzalo cogía a Fernandito por las patas delanteras y se ponía a bailar, para gran regocijo de todos los que venían en el coche de línea y los del pueblo allí presentes, que aplaudían a rabiar. Gonzalo era capaz de hacer «hablar» a Fernandito y le tenía tan amaestrado que, al pasar por el Juego de Pelota, le gritaba «muérete» y él rápidamente se echaba al suelo y se quedaba totalmente inmovilizado. Era todo un espectáculo.  Mi tío Patricio Fuente Sanz -gran memoria la suya a los 95 años, lo que le convierte actualmente en el tejareño que más y mejor puede atestiguar sobre el pasado de nuestro pueblo- relata también dos caídas del burro con los mismos protagonistas, su madre Lucía -mi abuela- y él. La primera caída ocurrió cuando era un mozo e iban subidos en el burro Negro, que también le llamaban Tuerto, porque tenía un ojo cubierto por una nube, enfermedad que se denomina «del ojo blanco» -técnicamente «queratoconjuntivitis infecciosa»-, bastante corriente en el ganado vacuno-. Además, recalca que era un burro entero. También cuenta mi tío Patricio que, cuando era un niño, iba con su madre Lucía a regar allá por el Colpardo y el burro les descabalgó bruscamente a los dos al saltar la revilla. Era el burro de su abuelo Mauricio, que se llamaba Mamerto y era también un burro entero. Con este término se hacía referencia a que el burro no estaba castrado. Normalmente, a los burros se los castraba, porque, por su naturaleza, eran extraordinariamente imprevisibles cuando coincidían con una hembra en celo. Los burros tienen mucha tendencia a generar lazos muy fuertes con los animales con los que conviven -no necesariamente con ejemplares de su misma clase- y se resienten mucho de las separaciones.  Mi tío Patricio cuenta también que, cuando bajaban a Fuentesoto a por agua con el burro y los serones llenos de cántaros, había siempre algunos graciosillos que, desde la parte de arriba de las bodegas de Fuentesoto, les acanteaban (les tiraban piedras y paja). Las rivalidades entre localidades cercanas eran corrientes en aquella época; estaban muy picados los de Tejares con los de Fuentesoto, pero también los de Castro con los de Torreadrada. En nuestro caso, todavía se recuerdan los ripios hirientes que se dedicaban los unos a los otros: los de Fuentesoto decían «Tejares te jodes» o «De Tejares ni los piares», y los de Tejares les respondían «Fuentesoto culo roto, siete varas y otro poco». Hoy día, afortunadamente, estas rivalidades son más bien historia y el hermanamiento de pueblos y la cooperación son la nota común.  Finalmente, otro burro fue protagonista de la historia de Tejares y más directamente de la de mi propia familia -aunque ya nos referiremos a este hecho con mayor detalle-. Mi tatarabuelo Patricio Sanz -al que apodaban «Zapatones»- fue a la Villa de Fuentidueña a vender un ganado y, a la vuelta, en el Camino de la Villa y término de Fuentesoto, fue asaltado por unos ladrones, que le robaron y asesinaron. El burro apareció solo en el pueblo y alertó de que algo le había pasado a su dueño. Ocurrió en el año 1902. La fuente La cantarera, en la que se depositaban tanto los cántaros llenos como los vacíos, era parte del mobiliario de los hogares, normalmente instalada a la entrada o zaguán. Arriba, la que se conserva actualmente en la casa de la señora Nicolasa; abajo, otro tipo de cantarera. Y cuando era necesario recurrir al burro para hacer trayectos más largos o llevar cargas más pesadas, se les ponían las alforjas aguaderas o serones. Estas son las que tenían mis abuelos Pablo y Lucía para su burro Negro. La carretilla cantarera era un utensilio que no faltaba en ninguna casa, ya que ayudaba enormemente al traslado de los cántaros. Recuerdo las regañinas de mis abuelos, porque nos encantaba jugar con ella (sin cántaros, claro). El botijo y la botija eran accesorios también imprescindibles; una especie de nevera ecológica de antaño.