MI PRESENTACIÓN DEL MODELO DE EXCELENCIA DE LA
E.F.Q.M.

Dando
vueltas en mi cabeza sobre la forma en que podría presentar al Claustro de
maestras y maestros de nuestro CRA el Modelo de Excelencia de la E.F.Q.M. recordé
un librillo que encontré en una leñera, siendo Director en el Colegio Público
de Navafría (Segovia), allá por el curso 1986/87.
La leñera del Colegio de Navafría era uno de esos sitios llenos de
magia, un pozo sin fondo, un desangelado cuartucho repleto de sorpresas.
Simplemente era necesario esperar a uno de esos días en que te levantas con
ansias de aventura, mitad descubridor de otros mundos, mitad buscador de tesoros
en recónditos parajes; lo siguiente era husmear en un armario de casa
procurando encontrar esa ropa en desuso que hiciera las veces de burdo
guardapolvo.
La emoción estaba servida. La mañana transcurría entre cierta ansiedad
y una pizquita de impaciencia, mientras se arrostraba la miscelánea tarea
rutinaria de explicar a los más pequeños, corregir a los medianos y escuchar
leer a los mayores, de una típica clase unitaria. Cuando despedías a los niños
y a las niñas, a la hora de comer, se sucedía puntual uno de esos latigazos
del recuerdo en que todo te parece haber ocurrido, tal cual, ya antes,
apareciendo vívido, en esa ocasión, el reconcomio previo a una pequeña
travesura infantil.
Ese día, había planeado anticipadamente explotar la beta, bucear entre
la ristra de libros editados
durante la II República, que ya descubriera días antes, salteados entre parvulitos,
enciclopedias y libros de santos y personajes celebres, que algún maestro, con
bastante anterioridad, quizás apesadumbrado, temeroso o mohíno colocara allí,
como queriendo camuflar su existencia perturbadora.
Aquel libro en el que mi mirada se
clavara y que mis manos acogieran, la primera captura de ese día, tenía
escasas hojas, en una edición rústica de bolsillo, y había sido escrito por
una Inspector de Enseñanza. Todo él estaba pergeñado con la única intención
de la defensa de un aserto: el cuidado de la estética en los centros de enseñanza
es fundamental para la educación integral del alumnado. Su convencimiento,
entre otros, en la impregnación educativa que conlleva la simple apariencia
externa de un maestro conmovía y hacía reflexionar, pero, sin duda, fue el
cuento chino con que amenizaba su digresión el que dejara en mí una huella
indeleble y un recuerdo, hasta ahora, inalterado.
La hija de un emperador chino enfermó
de un mal extraño, para el cual ningún médico de la corte era capaz de
encontrar remedio efectivo. El emperador consultó a los más grandes sabios de
su imperio, pero ninguno era capaz de aportar medicina que le sanara.
Vivía
en palacio un joven sirviente, hijo, nieto, biznieto y tataranieto, de
sirvientes precedentes con anteriores emperadores, que estaba enamorado de la
hija del emperador y sufría como nadie su enfermedad.
Un día apareció por allí un
sabio de un país muy lejano, que había escuchado por casualidad el extraño
caso de la hija del emperador, que, sin embargo, para él, no era tan raro. El
sabio aseguró al emperador que para ver sanar a su hija debía casarla con el
hombre más bondadoso del reino. El emperador hizo caso del consejo del sabio y
difundió por todo su imperio la noticia de que su hija se casaría con aquel
que demostrase ser el hombre más bondadoso del reino.
El
amor del joven sirviente hacia la hija del emperador le llevó a dirigirse al
sabio, en el momento que éste abandonaba la ciudad, para preguntarle si creía
que él podía ser el pretendiente idóneo para la hija del emperador. El sabio
le confirmó que, por supuesto, él no era el ser más bondadoso del reino. Sin
embargo, conmovido por el sincero amor que el sirviente manifestaba, le comunicó
que sí que conocía al hacedor de las máscaras más perfectas de todo el
mundo. Si él quería hacerse pasar por el ser más bondadoso del reino, sólo
tenía que pedirle al hacedor una máscara de esas características, a su
medida.
El
joven sirviente así lo hizo y, efectivamente, en la pugna con otros muchos
pretendientes, fue reconocido como el ser más bondadoso del imperio, gracias a
la estratagema que le propusiera el sabio. La hija del emperador se casó con él,
se curó de su rara enfermedad y vivieron largos años llenos de felicidad y
prosperidad.
Sin embargo, el sabio, ya en el
lecho de su muerte, sintió remordimientos por la falsedad a la que había
contribuido y, queriendo morir en paz, desveló el secreto de la máscara del
marido de la emperatriz.
Rápidamente,
llegó la noticia hasta el imperio y prestos se dirigieron los parientes de la
emperatriz a quitar la máscara al impostor emperador. Sin embargo, su sorpresa
fue mayúscula cuando, tras quitar la máscara, descubrieron que, debajo de esa
máscara, el sirviente se había transformado realmente en el ser más bondadoso
del imperio.
Así
se lo conté a mis compañeros en el Claustro, porque así de convencido estoy
de que para conseguir la calidad hay que proponérselo y hay que creérselo, en
el sentido más positivo de ambos términos. Al final del recorrido, un retoño
de calidad, con ese ímpetu, con ese empeño, sometido a unos procedimientos y
criterios sistemáticos y continuos, con la ayuda de una máscara necesaria, por
supuesto, sólo puede transformarse en una auténtica realidad de calidad
educativa.
José Miguel Alonso Fuente
Director
del CRA “Reyes Católicos” de Turégano.
Julio de 2002
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